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martes, 7 de enero de 2014

“ALGO HABREMOS HECHO…”: LA NUEVA MIRADA DEL KIRCHNERISMO SOBRE LA DICTADURA MILITAR

Hernán Brienza, a cargo del editorial político dominical del diario kirchnerista Tiempo Argentino, está empeñado a fondo en defender el ascenso del actual Jefe del Estado Mayor del Ejército, César Milani, al rango de teniente general.  Milani, acusado por organismos de derechos humanos, de ser por lo menos cómplice en el secuestro, tortura y asesinato de ciudadanos argentinos durante la dictadura militar de 1976-1983, fue puesto al comando del Ejército por la presidenta Cristina Fernández. Brienza, especialista en el arte milenario de ingerir sapos, emprende la defensa de su jefa (la señora presidenta) sin parar en escrúpulos.

En su editorial “El debate por Milani” (Tiempo Argentino, 22/12/2013) procuró transformar la cuestión en un problema moral. Milani, desgajado de la institución Ejército, es reducido a un individuo que obra a partir de las circunstancias. Alguna vez Miguel Hernández escribió “Vientos del pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran”. Según Brienza, durante la dictadura a Milani lo arrastraban los vientos de las circunstancias. No encuentra, por tanto, ninguna responsabilidad en ese joven oficial que era Milani en 1976. Como esto parece no alcanzar para algunos estómagos que todavía sienten asco hacia los sapos, Brienza saca a relucir la adhesión de Milani al “proyecto nacional y popular”. En otras palabras, Milani puede ser un torturador, un ladrón de caminos y un asesino, pero todo ello no importa si adhiere al “proyecto”. Si es así, ¿para qué Brienza pierde el tiempo escribiendo zonceras sobre la moral y otras yerbas?, ¿no bastaba con decir, simplemente, a Milani lo bancamos porque la presidenta dice que es uno de los nuestros? Pero ser sincero no vende, así que tenemos que sufrir y hacer sufrir a otros armando argumentos inverosímiles para justificar cosas todavía más inverosímiles.

Brienza se supera en el editorial “Papá, ¿vos que hiciste en la dictadura?” (Tiempo Argentino, 29/12/2013). Da la impresión de que se dio cuenta de que para defender la enormidad que significa el ascenso de un oficial de Inteligencia acusado de violaciones a los derechos humanos era preciso recurrir a enormidades argumentativas. Ya no bastaba con hacer de Milani una víctima inocente de las “circunstancias”. El problema es sencillo: si otros argentinos no fueron víctimas de las “circunstancias”, Milani no podía ser defendido tan fácilmente. Era preciso extender la responsabilidad por la dictadura a todo el mundo, así nuestro teniente general nacional y popular queda a salvo de la maledicencia de las gentes. Brienza obra el milagro en este editorial, que constituye una verdadera obra maestra de la estupidez.

Nuestro autor pone manos a la obra de un modo característico: henchido de pretensiones, no se propone enunciar su punto de vista particular sobre la dictadura. No. Por el contrario, quiere aplicar la frase popular “si la vamos a hacer, hagámosla en grande”:

“Los argentinos nos merecemos una nueva mirada sobre los años setenta. Sin hipocresías. Sin fariseísmos. Sin querer sacar partido inmediato de esa experiencia atroz por la que atravesamos. Incluso, diría, sin resentimientos. Posiblemente, aquellos que participaron en aquellos años, sobre todo las víctimas del horror, les sea muy difícil hacerlo. Pero las generaciones posteriores tenemos la obligación y el deber de reconstituir un pasado que no esté signado por héroes ni por mártires ni por verdugos ni por dos demonios. Aunque todos hayamos sido y tenido un poco de eso. Algo parecido a esto escribí y vengo escribiendo desde 2003, cuando concluí mi libro Maldito tú eres.”

Lo suyo es proponer una nueva mirada sobre la década del ´70. Que esa mirada no tenga nada de novedoso carece de importante. Además, para seguir haciendo alarde de su modestia, nuestro héroe indica que en 2003 ya sabía por dónde venía la cosa. Cabe decir que una monstruosidad como el ascenso de Milani tiene que ser defendida por argumentos monstruosamente estúpidos. Y Brienza sabe mucho de esto.

“No me interesa mirar el pasado reciente con ojos de verdugo ni de mártir ni de héroe. No necesito hacerlo, por otra parte, ya que era un niño durante la dictadura militar. Aspiro a mirarlo con todas sus complejidades, con todas sus contradicciones, con toda la angustia que genera el mal absoluto del que podemos ser parte. Sencillamente, aspiro a mirar ese pasado con ojos de hombre. Es cierto, es una tarea titánica. Pero, quizás, sea la única forma en que podamos lograr que el horror no vuelva a repetirse.”

El argumento, dejando de lado todas las frases que muestran lo pagado de sí mismo que es este lamentable personaje, puede sintetizarse así: todos los habitantes del país, mayores de edad en 1976, son responsables de la dictadura porque no hicieron nada contra ella. Sólo quedan al margen los militantes de las organizaciones revolucionarias que fueron secuestrados, encarcelados o asesinados. Para el resto de los habitantes hay que aplicar la frase “algo habrán hecho” para justificar su supervivencia. Como sobrevivieron, fueron cómplices de la dictadura. Hay que ser un cínico descomunal para escribir semejante disparate y afirmar que constituye una “nueva mirada”. Véase el siguiente párrafo:

“Si una persona supo y no denunció, permítame añadirle una gran cuota de complicidad con lo que estaba ocurriendo en aquellos años duros. Si usted no está muerto, si usted no fue torturado, perseguido, encarcelado, si no se exilió –incluso esto puede discutirse– es porque prestó algún grado de consentimiento con los paladines del horror en la Argentina. No digo que haya golpeado las puertas de los cuarteles –como hicieron muchos–, tampoco que haya aplaudido a viva voz los desaguisados económicos de la "plata dulce", ni que haya aceptado el trabajo que había dejado vacante el "desaparecido". Tampoco lo acuso de haber sido aquel que levantó el teléfono para denunciar a su vecino a la policía porque andaba en algo raro. Pero si usted estuvo allí y puso cara de nada, permítame decirle: algo habrá hecho o, al menos, algo no habrá hecho para seguir con vida.

La dictadura militar no fue, por tanto, una confrontación entre clases y grupos sociales, con vencedores y vencidos. Nada de eso. La “nua mirada” de Brienza propone concebirla como un inmenso teatro donde se dirimían dilemas morales. Todo pasa por el individuo y su responsabilidad. El pueblo (para usar un término que pueda entender Brienza) es una suma mecánica de individuos, cada uno de los cuales decide el curso de su destino. ¡Y es este amontonamiento de lugares comunes lo que se propone como una “nueva mirada”, como “mirar el pasado con ojos de hombre”!

Brienza, además, pone especial empeño en mostrar que la clase media “progresista” fue responsable de la dictadura. No podía ser de otra manera, puesto que son precisamente los “progresistas” del kirchnerismo quienes muestran, dentro de las filas del oficialismo, las mayores dudas respecto al nombramiento de Milani.

“la dictadura tuvo no sólo complicidad en los sectores dominantes como empresarios, sacerdotes, políticos y periodistas, también tuvo consenso social, también fue apoyada por mayorías. Y, claro, por la clase media, incluso por muchos de sus integrantes que, en los primeros setenta miraron con simpatía a la "juventud maravillosa", que luego pidió a los gritos un poco de orden, que vivieron las fiestita del "deme dos" en Miami y que, a la vuelta de la esquina repitieron a diestra y siniestra con carita de buena gente "yo te juro que ni sabía lo que estaba pasando". (Cualquier parecido con lo ocurrido con el menemismo y la corrupción, aun sin el mismo nivel de tragedia, no es mera coincidencia). Si usted está dentro de esta categoría, le voy a ser sincero: prefiero que se saque la careta y me diga que sí, que es verdad, que usted fue cómplice de la dictadura –aunque no ejecutor de los delitos de lesa humanidad–, que usted comparte ideológicamente lo sucedido y que, bueno, "alguien tenía que hacer el trabajo sucio y les toco a los militares". Pero no me haga un "progre desentendido" ni un demócrata de Teoría de los Dos Demonios. No le sienta bien.”

O sea, todos somos cómplices de la dictadura, y la clase media más cómplice que nadie. Por lo tanto, como nadie está libre de pecado, nadie puede arrojarle ni una piedra al teniente general Milani.

La dictadura, despojada de carácter político, transformada en un dilema moral, pierde toda carnadura. Si se dice esto de Milani, ¿qué sentido tuvo juzgar a Videla, a Massera, etc., etc.? Si se acepta la argumentación de Brienza, ellos también fueron movidos por las “circunstancias”.  Si todos somos culpables, para qué recargar el peso de la culpa sobre unos pocos.

Nuestro héroe parece percatarse de ello y redacta un párrafo confuso para tratar de salir del paso:

“Ni olvido, ni perdón, ni reconciliación. Simplemente Justicia. Delimitar las responsabilidades y las acciones delictivas de los hombres en el marco de sus circunstancias. Ser certeros a la hora de delimitar las complicidades efectivas tanto civiles como empresariales. Pero sin sobreactuaciones. El Estado debe recomponer el valor de justicia y equilibrio en un país donde era más fácil torturar y asesinar a miles de personas que robarse un sánguche del escritorio de un juez. La impunidad genera anomia en cualquier sociedad humana.

“Sin sobreactuaciones”. No se nos ocurra impugnar los crímenes de un oficial de inteligencia devenido en jefe del Ejército. No se nos ocurra indignarnos porque la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, haya sido funcionaria de la dictadura, no se nos ocurra enojarnos porque hubo dirigentes sindicales simpatizantes del kirchnerismo que colaboraron con los servicios de inteligencia durante la dictadura. El cinismo requiere serenidad, no sobreactuación. A tragar sapos, pero con calma.

La “nueva mirada” es, por tanto, una vuelta de tuerca sobre la vieja frase “algo habrán hecho”. La dictadura deja de ser un episodio de la lucha de clases en la Argentina moderna y pasa a transformarse en el “horror”, la “maldad absoluta” y otras zonceras por el estilo. Esto permite no sólo disculpar a Milani, sino perder de vista que la distribución del poder en la sociedad actual deriva de ese hecho histórico fundamental que es la derrota de los trabajadores en 1976. 

Es por eso que hoy tenemos a Hernán Brienza escribiendo editoriales, y no a Rodolfo Walsh.


Congreso, martes 7 de enero de 2014

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